Mi dolor es también el dolor de alguien más.
Daniel Guana
¿Te duele?
No tienes idea
Tienes razón, no la tengo, pero aquí estoy.
Y te costará, sin que tú y yo sepamos cuánto.
En el mundo rojo de Daniel Guana, tratar de definir el dolor a partir de un concepto universal es estar condenado a que te corten la lengua por indolencia; una ley preventiva, basada en la irremediable verdad de que no todos sentimos dolor de la misma forma, limitar algo tan significativo como el duelo a una casilla tan pequeña es sinónimo de ignorancia hacia la vida misma, hacia el otro. Existen múltiples formas de aflicción y cada ser las vive de distinta manera; nuestro único consuelo de comunicación es la virtuosa empatía, acompañada de la experiencia de nuestras propias lamentaciones, desde la cual podemos intentar comprender el pesar ajeno, aunque no siempre nos dote de las herramientas para saber lidiar con él.
¿Qué es el dolor? ¿Y a cuántos realmente involucra más allá de quien lo padece?
En esta danza de huesos, deberíamos considerar también al ser que ejerce sufrimiento sobre otro; desde su pensamiento y su ejecución, una sevicia consciente, incluso gratificante, termina hilando a ambas personas a través de una costura de ira, aunque a veces también como accidente. Pero hay más seres involucrados: aquellos salpicados por nuestro duelo, nombrados espacio seguro, son seres queridos que, en su ejercicio de amor y curación, terminan siendo absorbidos por nuestro padecer y, en ocasiones, sin darnos cuenta, se vuelven receptores de un malestar que nosotros provocamos.
El dolor genera tormento, pero también es responsable de algunas maravillas en esta vida; sin él no construiríamos hogar, amistad y amor propio; no habría razón para el cuidado y la sanación. Junto al miedo, ambos nos recuerdan lo efímera y frágil que es nuestra existencia, pero también nos dan la energía para vivirla con la mayor satisfacción posible.
Entre dibujos, textiles y escultura, Guana nos exige un momento para hablar sobre el dolor, desde el desborde de ira que te incita a querer reventarle un hueso a una persona, hasta la piel herida y la cicatriz inevitable como evidencia de la supervivencia. Nadie lo desea, pero el dolor nos acompaña diariamente; todos lo hemos experimentado en nuestra carne y alma, lucimos con orgullo y vergüenza las marcas de su paso y tratamos de seguir adelante.
Entre miradas hirvientes, manos frías, pieles de gallina, gritos ahogados, mandíbulas crocantes, vacíos hambrientos y marcas emocionales, ¿a ti qué te duele?